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lunes, 8 de diciembre de 2014

Un café con tostadas, mantequilla y mermelada.






Gracias amigos, disfruté mucho con Soledad.


15 de julio del 2009, definitivamente, éste, no ha sido su día. Ya debería estar inscrita en el seminario de filosofía, pero...Schade, la persona encargada de las inscripciones no está y al no tener nada que hacer mas que recoger su tan esperado CD de Lacrimosa decidió llamar a sus “amigos” para que la acompañaran a no explotar de felicidad cuando recibiera el CD, pero otra vez Schade...Nadie tenía tiempo. Uno de ellos acababa de liberarse de los brazos de Morfeo, mientras que el otro, se encontraba bastante ocupado cerrando puertas (pasatiempo que se había convertido en una costumbre xD). Se vio sola. Parecía que el infortunio había decidido irse a vivir con ella, al menos eso creía. Sin embargo, ya había tomado la decisión de ir. No podía quedarse parada esperando; tomó el primer microbús con dirección a Phantom music store, miró alrededor; tropezó con un tipo, cayó como un costal de papas sobre el primer asiento disponible; miró a la tipa sentada al lado, dejó de lamentarse; dirigió la mirada hacia el infinito; el carro arrancó.



El CD estaba ya en sus manos, había que festejar tremendo acontecimiento. Siempre quiso ir a la Tiendecita Blanca, pero nunca pudo. Al salir de la tienda de música decidió que, ya que estaba sola y disponía de dinero, sería una buena idea ir por primera vez a la dichosa Tiendecita. Una vez que estuvo allí, se dirigió  a la puerta principal, miró la carta; el tipo de seguridad la estaba observando. Ella suponía que era el poncho rosa que estaba usando -era demasiado llamativo- pero a quién le importa. El poncho es lindo, colorido y hace juego con sus aretes, pensó ella. Los precios de la carta eran razonables, claro para alguien con más de 50 soles en el bolsillo, y ella disponía tan solo de 15 soles con 36 céntimos y una tarjeta. Se preguntaba dónde podía estar la sección de café, pero el tipo de seguridad seguía mirándola. Fue entonces que pudo sentir miles de miradas dirigiéndose a ella, al poncho, a su cabello desordenado, a su mirada perdida, a su descolorido bolso negro, a sus zapatillas sucias, a su nerviosismo, a su patética forma de quedarse mirando una tonta carta. No pudo más, dio media vuelta; miró de nuevo a toda esa gente y su estúpida expresión; se dirigió a otro lugar. No podía creer no haber podido entrar, se sintió patética. Necesitaba un refugio donde poder respirar. Cruzó la calle, chocó con tres personas; bailó el vals con otras dos y finalmente se detuvo frente a un kiosco a preguntar por el precio de esos pañolones que todo el mundo usa. Es irritante que todo el mundo tenga uno menos ella, se siente nuevamente patética por desear algo tan trivial.  

Al fin llega, el Café-Café. Es el único lugar en todo Lima que la hace sentir segura, pero lastimosamente el infortunio había decidido no dejarla ni por un segundo. Es por eso que, cuando ella llegó y subió al segundo piso y se sentó frente a una mesa donde al parecer unas personas hablaban muy entretenidas acerca del clima, algo inesperado tenía que ocurrir. Ellos voltearon a verla, debe ser el poncho fucsia, pensó otra vez. Tomó asiento, la morena de siempre se acercó a atenderla. Nunca, antes se había detenido a pensar sobre el origen de esta mesera. Es casualidad que sea siempre ella la que la atienda, ¿o no?, se pregunta. Le llevan la carta, no tarda mucho en decidirse. Un Mocaccino regular y tostadas es su pedido. Mientras espera y, ya que está sola, se concentra en escuchar las conversaciones de todas las personas que están alrededor. Los de la mesa de al lado están hablando en inglés, al parecer odian el invierno. La mesera se llama Rosa, al igual que Rosa la bella del libro La Casa de los Espíritus de Isabel Allende. Pero esta Rosa no es tan hermosa como la del libro, es más bien, una morena alta, delgada y vieja. No que no sea bella, tal vez lo fue alguna vez, pero ahora solo han quedado restos de lo que alguna vez fue. Piensa, piensa por un rato. Hay dos tipos que están colgando cuadros al óleo en el techo – son muchos cuadros- se dice a si misma. Los cuadros son de todos los tamaños, formas, temas y colores. Los tipos que los están colocando tienen una pinta graciosa-piensa ella- parecen hermanos, tal vez lo son. Uno de ellos, el de los lentes de John Lenon, se acerca y pregunta: « Disculpe, señorita, ¿está esperando a alguien». Ella levanta la mirada, le sonríe y le dice que no espera a nadie (¿será que quiere sentarse conmigo?) él le devuelve la sonrisa y le pregunta si puede utilizar una de las sillas de su mesa. La necesita para poder pararse sobre ella y colocar uno de los tantos cuadros que aún faltaban, bueno,- qué ocurrencia, pensar que se sentaría conmigo- pensó y se sintió algo avergonzada. Mientras él y su compañero colocan el cuadro, ella piensa observando todo y a todos. Casi todas las personas están acompañadas de alguien: amigos, enamorados, conocidos, colegas, y ella, bueno, ella está acompañada de un café con tostadas, mantequilla y mermelada.



Supone que la soledad no es tan mala después de todo. Sigue mirando los cuadros, son tan coloridos. Miraflores le parece un lugar extraño, al igual que el Wong. Cuando siente  the mean reds se viste, toma una carro y va a Wong. Le encanta ver toda esa diversidad de comida toda junta, juega con las frutas, habla con ellas. La gente la mira, deben pensar que está en drogas, pero a quién le importa. En fin, le gusta Miraflores, porque le divierte caminar y ver las tiendas llenas de ropa, los postecitos verdes y se pregunta por qué son tan verdes, le gusta aquel hombrecito también verde, ese que aparece en los semáforos contando los segundos para que la gente cruce la calle, le gusta la Tiendecita Blanca y pensar que algún día tendrá el valor de entrar, le gusta ver a la gente extranjera con sus ropas coloridas y de pronto Moon River con Frank Sinatra. Es una bonita canción, en el Café-Café siempre puede escuchar la música que le gusta. Tararea la canción y recuerda a su tonto amigo, el de las puertas, se pregunta por qué será tan tonto, aunque, la verdad es que ella lo adora, nunca pensó que podría tener un amigo, porque, de hecho, creía, al igual que su ex caballero Conejo, que la amistad entre hombres y mujeres era mentira. De pronto un ex affair la llama; quiere verla, pero ella no sabe si ella quiere verlo a él. El Mocaccino empieza a enfriarse .Lleva una hora escribiendo en un cuaderno. El tipo de los lentes de John Lenon la está mirando- debe ser el poncho, se dice así misma. Él está cantando y dice que el fucsia es un color bonito. Voltea y le sonríe, después de todo a cuantos hombres les gusta el fucsia. Ya no queda café. Por alguna razón ir al Café- Café la reconforta. Sentir aquel olor penetrante de café caliente que parece disipar todas sus penas. Un café amargo y dulce a la vez. Sola y acompañada por todo y todos. Hay tanto que ver en el mundo, como dice la canción Moon River, tantas cosas que hacer, oír, oler, probar, romper, descubrir, arruinar y todas querría hacerlas con un café al lado. La soledad, piensa ella, es a veces una buena compañera, porque, a decir verdad, es la única que nunca la ha abandonado, es más, es la única que jamás se ha negado a acompañarla. Ha estado con ella en los más diversos e insólitos momentos, porque solos venimos y solos nos vamos.



Al fin terminó su última tostada y se siente muy llena. Los autos siguen pasando, la gente sigue comiendo y tomando sus cafés; ella sigue escribiendo. Se mira al espejo y ve a una chica en fucsia; parece una niña y, sin embargo, ella sabe que no lo es, mas se aferra a  seguir pretendiendo ser una niña, se niega a crecer, porque no puede jugar el juego de la vida, no puede. Seguirá mirándose al espejo y se negará a ver a la mujer que esta allí mirándola, porque es mejor detener el tiempo y pretender solo pretender. El mundo seguirá girando, la luna continuará su ciclo; sus amigos se irán, el amor vendrá y se irá luego. Al final, habrá acabado todo y quién sabe si ella logrará cumplir sus sueños, alcanzar sus metas, conquistar el mundo, quién sabe. 50% se lo deja al  destino, el resto...el resto depende.........




Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde el aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces, mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. (Rayuela, Julio Cortázar)

martes, 24 de noviembre de 2009

Para mi querido enfermo


Kiri: bueno, decidí publicar esta historia porque aunque ya todo haya terminado, no dejo de pensar que por un momento, un breve instante en el tiempo, él estuvo muy cerca de ser my true poetic soul.

Piggy: Tú crees?

Kiri: Ay, piggy! Sólo Dios sabe cuánto lo quise...

Piggy: lo siento, love is a losing game
und er hat eine... who knows??? Esperemos que sea feliz


Para mi querido enfermo,

Se me hace extraño contarle estas cosas a usted, pero, creo yo, que el único remedio que se me ocurre que podría funcionarle es conocer esta historia. En mi calidad de enfermera, he tenido que tratar con casos parecidos al suyo; sin embargo, usted tiene algo de particular y necesita un tratamiento diferente. Le contaré la historia siguiendo el verdadero testimonio que escuché. Trata de una chica, muy extraña por cierto, pero con una hermosura mágica y única. Ella ha estado teniendo sueños muy extraños, verá... me los contó a mí porque cree que puedo escucharla sin juzgar y yo se lo cuento a usted porque creo que lo va a entretener.


Se encontraba sola en su cuarto, sí, muy sola. Unos días antes había sentido cosas nuevas, a pesar de que su edad superaba los treinta años y ella creía que ya lo había sentido todo. En esos días descubrió que la naturaleza movía pasiones. Fue como una revelación pues nunca había pensado en cosas así. Sus reflexiones la llenaban de inquietud y confusión. Aquel día, decidió sentarse en su cama, miró alrededor y fijó la mirada en un PERRO de peluche que sus amigos le habían regalado. Ese peluche mira muy raro, se decía a sí misma, entonces siguió mirándolo... miró en esos grandes, profundos y marrones ojos y por un momento se perdió en ellos. Le hubiera gustado que esos ojos fueran los de él, él nadie más que él.

Era ya muy tarde, tenía que irse a dormir, pero no podía olvidar esos ojos... esos ojos que le recordaban a ese niño casi hombre que un día hizo que su corazón casi escapara de su cuerpo. Lo recordaba, sí, podía sentir su olor impregnado en su piel aún, lo podía sentir tan cerca que casi lo tocaba. Y su corazón volvía a latir como ese día. Era un latido continuo y asfixiante que producía agitaciones en todo su cuerpo. Se recostó tranquila en un principio y poco a poco se fue despojando de sus prendas casi inconscientemente. Hacía frío, sí mucho, la ventana estaba abierta y el viento que entraba acariciaba su cuerpo. La luz de la luna entraba en su habitación como si quisiera ser humana por lo menos una sola vez y poder sentir el leve temblor del cuerpo cuando se ama. Ella miraba la ventana. Su mano derecha era muy traviesa y su sexo pedía a gritos que la tocaran. Estaba caliente ahí abajo, los fluidos corrían, ella podía sentir que bajaban lubricándola y unas cosquillas insoportables recorrían su cuerpo entero. Su mano traviesa empezó a colarse entre sus piernas, primero un dedo, luego dos… luego esa mano no era suficiente para controlar ese deseo de llenar el vacío que sentía.
Había algo que faltaba para llenarla. Lo imaginaba a él mirándola en ese momento, viéndola retorcerse de deseo, viendo cómo perdía el control. Ella podía sentir que él la miraba fijamente. Parecía burlarse de la condición en la que ella se encontraba y la humillaba porque no hacía nada, sólo mirar. Ella tenía que prepararse, él no podía intervenir de la nada, iba a doler demasiado y lo sabía muy bien. Sólo esperar… pero esta espera lo intranquilizaba y él mismo se imaginaba tocando esos senos con sus manos calientes. Manos grandes y masculinas pero tan suaves como las de una mujer, pensaba ella y su corazón no le cabía en el pecho. Era insoportable eso que sentía, esas cosquillas, ese calor, todo era demasiado intenso. Quería que él la tocara, que dejara de mirarla así, porque eso la enloquecía más. Le desesperaba ver esa prominencia en el pantalón de él, eso que parecía luchar como un monstruo que buscaba cada vez más espacio. Ella no podía más, parecía gemir un nuevo lenguaje. Sonidos que sólo ellos dos entendían. Y ella seguía mirando ese muslo izquierdo que era acariciado por aquella curiosa prominencia. Ella sabía que lo quería en sus manos y entre la línea divisoria de sus senos. Tenía que llegar a él. Finalmente, parecía que él se apiadaba de ella; se acercó lentamente y empezó a tocarla muy despacio. Era el momento preciso para que se unieran esos dos cuerpos temblorosos y ardientes. El frío era una paradoja porque sólo calentaba más el ambiente. Él le acariciaba las piernas, tocaba todo su sexo de textura rugosa que se abría como si quisiera hablar, colaba sus dedos y lo hacía con tal violencia que dolía dulcemente. Ella pedía que la hiciera suya, pero él parecía no hacer caso, se alejaba de ella. De pronto salió de aquel trance, se paró y buscó a su fiel amigo el resaltador rosado. Volvió a aquel sueño y lo llamó de nuevo. Él se hacia el interesante, pero poco a poco volvió a tomar interés en ella. Apagó la luz y también hubiera querido apagar la luz de la luna. La miraba y se iba desnudando. Trataba de apurarse para poder probar ese líquido que salía del sexo de ella. Ése era el verdadero elixir y él quería beberlo. Cada gota sería suya y lo haría más vital e inmortal. Ella se moría por besar ese volcán oculto cuya lava quemaría sus labios y su lengua. Luego, la tomó violentamente entre sus brazos y la penetró con tal brutalidad que era casi imposible contener los gritos, mas tenía que aguantar y pegó un grito hacia sus adentros, un suspiro silencioso. Ese instante fue tan inmediato y delicioso. Ella sentía la respiración de él muy cerca de su cuello, sentía su excitación, sentía su sexo moviéndose dentro de ella y lo imaginaba tenso, al rojo vivo y apunto de explotar. Ella acariciaba esa piel tan suave y blanca como la de un lobo de la estepa rusa en invierno y que hacía un bello contraste con su propia piel perfecta para abrazos de verdad y sentía... sentía que en ese momento no existía ningún hombre al que podría querer más. Sin embargo, el deseo empezó a desvanecerse luego de unos minutos y él se alejaba dejándola tan mojada. Sabía que él no volvería nunca más y eso… eso dolía, sólo dolía.

Lima, agosto de 2009.
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